La muerte se sentó
a su lado,
ella, mujer blanca
y de pelo negro,
de labios rojos y
vestida de negro.
Y él, solo un vago
de rostro cansado.
La bella muerte lo
miro con deseo
pero él la ignoro
con recelo.
Firme su vista al
frente tenía
aún sabiendo lo
que ella quería.
Y el solitario
moribundo veía
que sus últimos segundos se consumían
que sus últimos segundos se consumían
bajo la noche de
su olvido
y con la muerte tarareando
en su oído.
La hora de marchar
había llegado,
y ella sujetó con
fuerza su mano,
gozando el final del momento vano,
de la vida que ya
había terminado.
Blanca le otorgó un último deseo,
el ansiado último
de sus besos,
posando entre sus
labios,
un cigarro color
de huesos.
El aspiró ansioso
los humos negros,
volviéndose parte de estos,
a la par que un montón
de cenizas
de su cuerpo al suelo caían.