Esta noche salí afuera un momento, mis dos perros quisieron
salir al patio, así que, al tener que acompañarlos un rato, decidí caminar
hasta el portón para esperarlos. Esta es una de esas noches bastantes frías de
invierno, pero es también una de esas noches donde los arboles duermen y los
vientos callan, una noche de luz tenue en las calles y de lienzos lisos en el
cielo.
Estaba ahí afuera disfrutando de esa soberbia paz, refugiado entre cuatro muros de una cálida y solitaria oscuridad. Todo marchaba con su orden y calma, hasta que con tan solo girar mi cabeza por dos segundos dicha calma fue interrumpida abruptamente, quería ver lo que hacían mis mascotas, pero al fijar mis ojos en esa dirección un ruido silencioso me hizo detenerme y retroceder lentamente la vista. Fue como si mis ojos hubieran captado el sonido de cientos de uñas arañando un pizarrón, o el sonido de un auto el cual a toda velocidad derrapa con violencia en la calle.
Estaba ahí afuera disfrutando de esa soberbia paz, refugiado entre cuatro muros de una cálida y solitaria oscuridad. Todo marchaba con su orden y calma, hasta que con tan solo girar mi cabeza por dos segundos dicha calma fue interrumpida abruptamente, quería ver lo que hacían mis mascotas, pero al fijar mis ojos en esa dirección un ruido silencioso me hizo detenerme y retroceder lentamente la vista. Fue como si mis ojos hubieran captado el sonido de cientos de uñas arañando un pizarrón, o el sonido de un auto el cual a toda velocidad derrapa con violencia en la calle.
Un brillo en el cielo era, rompiendo con el esquema oscuro y
punteado de la noche, la luna era robándose toda la atención. ¿Cuántas veces habré posado mis ojos en la
luna a lo largo de mi vida? Una cantidad incontable de seguro, pero esta vez había
algo diferente en ella, algo que al vera me hacía sentir como si pudiera
tocarla, que tan solo al estirar mi brazo podría tocarla. Esta noche era más blanca,
más brillante, más todo. Era diferente, pero sin dejar de ser la misma de
siempre, y si, digo “era” porque ella ya se ha marchado como en cada bella
noche.
Volviendo a ese breve instante, mis ojos quedaron seducidos
por unos cuantos segundos, segundos en los que en el universo solo habitaba una
brillante luna y también, un pequeño ser en lo oscuro observándola.
Fue uno de esos pequeños momentos simples e irrelevantes,
que no tienen nada de especial pero que aun así quedan en la memoria para toda
la vida. Estaba yo ahí, en lo escuro del silencio bajo un sol de media noche, y
entonces pensé… Cuántas noches grabadas
en mi memoria, cuantos momentos tan únicos, tan valiosos, cuantas noches de
amor y de dolor, de soledad y felicidad, cuantas noches, noches en las que
siempre que mirara el cielo la luna estaría allí, acompañándome en silencio, observándolo
todo, siendo una amiga fiel pero distante. ¡Ah…! cuantas noches.
Repase en mi mente todos y cada uno de los momentos que pude, con el orgullo de haberlos vividos, a cada uno de ellos y sin importar que tan malo pudiesen ser. Tantas experiencias, toda una vida a la luz de la luna, bajo el resplandor de esta, por un momento vi mi reflejo allí en la cara de la luna.
Repase en mi mente todos y cada uno de los momentos que pude, con el orgullo de haberlos vividos, a cada uno de ellos y sin importar que tan malo pudiesen ser. Tantas experiencias, toda una vida a la luz de la luna, bajo el resplandor de esta, por un momento vi mi reflejo allí en la cara de la luna.
No pensé nada mas, solo solté una pequeña sonrisa y camine
de nuevo hacia adentro, llame a mis perros y sin decir nada me despedí de mi
querida amiga.