Sin importarle nada, él siguió caminando. El camino hacia la otra punta del bar parecía interminable, no estaba seguro cuanto tiempo había pasado pero él siguió caminando. Pasaron horas, talvez días, no estaba seguro si no eran meses e incluso dudó sino eran años.
Se encuentra a mitad de camino y no hace otra cosa que caminar, ha pasado tanto tiempo que ni recuerda por qué camina, y le cuesta recordar su nombre. Pero el siguió caminando, hacia la mujer que estaba del otro lado del bar. Envejece, más de lo que pensaba pero no siente sed ni hambre, aun así, se vuelve raquítico.
Ya no le quedan fuerzas para seguir, cae rendido después de siglos a pie. Pero continúa arrastrándose hacia el otro lado del bar. No le queda mucho, talvez un siglo más, o unos años, talvez meses, con suerte días, reza para que sean horas. La realidad es que está a unos minutos. Pero se rinde. No tiene más fuerzas y ya no recuerda su nombre. Entonces empieza a retroceder.
Logra levantarse, para volver a su mesa. Empieza a verse más lúcido y empieza a recobrar su figura. Vuelve a recordar vagamente su nombre. ¿Cómo era? ¿Mauricio? No. ¿Miguel? No, tampoco. ¡Martín! Si. Ese era.
Recobró el sentido del tiempo, después de varios siglos caminando, se dio cuenta que en esa pequeña eternidad, solo habían pasado unos segundos. Al llegar a su asiento, de dio vuelta y se percató que la mujer, que estaba del otro lado del bar, lo miraba fijamente y le sonrió. Sin dudarlo, pago la cuenta y retomo el camino hacia la mujer, su pequeña eternidad.